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Los encinares de Chapinería

Los encinares de Chapinería
Datos

Tipo de ruta: Circular.

Dificultad: Baja.

Longitud: 4,5 kilómetros.

Duración aproximada: 2 horas.

Desnivel: 679 - 560 metros.

Descripción

Ruta por el entorno del pueblo de Chapinería y del centro de educación ambiental “El Águila”, perteneciente a la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio (Tel.: 918 652 098). Se puede hacer la visita al centro, gratuita, y conocer los componentes del ecosistema del encinar mediterráneo de la zona, tanto de día como de noche en una exposición permanente, así como pedir información a los técnicos del centro. Las mejores épocas para hacer la ruta son primavera y otoño, evitando los excesivos calores del verano y los crudos días invernales. No hay agua, hay que llevar cantimplora. El trayecto lleva desde el pueblo de Chapinería, con sus usos agrícolas hasta un encinar regenerado y de alto valor ecológico. En otoño hay que tener cuidado de no salirse de los caminos, pues hay cotos de caza próximos.

VALORES NATURALES:
Actividades agrícolas tradicionales, encinar mediterráneo, modelado en granitos. Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA) de los encinares del Alberche y Cofio, donde habitan entre otros: el águila imperial ibérica, el buitre negro, buitre leonado, águila perdicera y búho real. Se cree que el lince ibérico pervive en las inmediaciones.

Descripción detallada

La ruta comienza inexcusablemente con una visita al centro de educación ambiental “El Águila”, el último centro inaugurado, de momento, por la Consejería de Medio Ambiente y Ordenación del Territorio. En él podemos conocer el ecosistema que nos rodea, deleitarnos con su jardín de aromáticas en la rampa de entrada, el hueco-jardín y la exposición permanente. Luego, podemos salir al mirador que se abre sobre la roca de granito que se asienta y observar el panorama de los alrededores. Hacia el este, a la izquierda según miramos, la zona de cultivos y un encinar aclarado, formando dehesas en el fondo. Enfrente, a lo lejos, se percibe el valle del río Perales y las cárcavas que forma. Hacia la derecha, es decir, hacia el oeste, unos cerros que bajan en altitud hacia el río y poblados por un monte denso de encinas. Si tenemos suerte podremos apreciar al rey de estos parajes, el águila imperial ibérica y sus característicos “galones” blancos. La zona más cercana al Centro aparece muy modificada, con una ancha cicatriz sin vegetación y sin restaurar paisajísticamente y que se produjo cuando canalizaron las aguas hacia la depuradora.

Salimos del Centro (0) y tras subir sus escaleras o la rampa, giramos a la derecha y caminamos por el antiguo vertedero del pueblo, hoy tapado a pesar de las continuas obras de la zona. Al llegar a un olivo que está a mano derecha nos desviamos por ese camino, que en descenso nos llevará a otro camino mayor y a unas naves. Mientras bajamos en este corto zigzag vemos el pequeño porte de los olivos, pues estamos en una de las zonas más al norte donde crecen. En un primer giro a la izquierda, rodeamos un bloque de granito cubierto de musgo y líquenes. Esto nos indica dos cosas: por un lado, que geológicamente aún estamos en la Sierra, en una zona de rampa, que limita con el borde de la cuenca del Tajo (en este caso con uno de sus tributarios, el Alberche), y que la zona tiene un aire muy poco o nada contaminado, pues si existe musgo quiere decir que no hay contaminación.

Seguimos descendiendo por el olivar hasta toparnos con un camino ancho que cruza el sendero que traíamos (1) (300 metros y 10 minutos). A la derecha vemos una gran roca de granito, igual que la que vimos anteriormente pero que a pesar de la aparente consistencia, se desagrega en granos de cuarzo, de feldespato y mica (los tres componentes del granito). Esto es producido por la alteración por hidrólisis del granito.
Los encinares de Chapinería
Los encinares de Chapinería
Seguimos hacia la derecha por este camino ancho, enmarcado por fincas particulares sin cultivar, creando baldíos sociales. Estas fincas están limitadas por cercas de piedra, de cantos de granito, junto con algunos ejemplares de encina a ambos lados de la ruta.

Giramos a la izquierda, siguiendo el camino. A la derecha va a quedar la cicatriz de la canalización del agua que antes vimos desde “El Águila”, lugar por el cual volveremos en nuestro retorno. Llegamos al arroyo Oncalada (2) (500 metros y 20 minutos). Es un arroyo estacional, que lleva agua sólo en época de lluvias y que se seca en verano. No tiene la característica vegetación de ribera, sólo zarzas y juncos, producto de la deforestación que se ha producido en la zona. Seguimos por el camino, enmarcados por unos ejemplares bastante grandes de encina, que dan unas buenas bellotas en otoño.

En una curva amplia a la derecha veremos una edificación con un techo de uralita, al lado de unos cantos berroqueños. Es una granja caprina, con un numeroso atajo de ganado. Llegamos a la intersección donde está la granja (3) (700 metros y 35 minutos). Aquí no hay que seguir el camino de la izquierda, sino que continuamos de frente, dejando a la derecha la granja.

Empezamos un descenso con unas encinas a nuestra izquierda con un porte menor que las anteriores, y a la derecha algún enebro. Estos árboles están esquilmados en sus partes bajas por el voraz apetito de las cabras, uno de los principales agentes deforestadores del mundo. Continuamos el descenso y a la derecha nos aparece un “dorso de ballena” de granito, es decir, una superficie alomada, casi plana de roca, que sobresale un poco del entorno arenoso, asemejándose a una ballena cuando sale a superficie a respirar. Va a ser esta zona donde vamos a apreciar la degradación del encinar por medio de sus especies sustitutorias. A mano izquierda van a aparecer fincas de viñedos, y a mano derecha campos incultos.
En un primer momento nos encontramos con un arbusto alto, de más de dos metros, con hojas sencillas y tallos verdes y flexibles, que florece en primavera con una flores amarillas que dan lugar a frutos pequeños, en forma de huevo, y con una sola semilla que queda suelta en su interior al secarse, por lo que al agitarse suena como un pequeño sonajero, es la retama de bolas. Junto a la retama, encontramos otra planta, esta vez más rastrera, es la aulaga, caracterizada por sus espinas, largas y duras, para evitar la desecación. Una y otra son dos grados en la degradación del encinar, pero mientras la retama nitrifica el suelo, es decir, le da nutrientes y puede regenerarse el monte, con la aulaga, la degradación es bastante fuerte y crece en un suelo sin casi humus.

Seguimos el descenso hasta llegar a una zona llana, arenosa, con unas vallas a la izquierda que delimitan parcelas de cultivo. (4) (2 km. y 50 minutos). A la derecha, unos grupos de juncos nos informan de un acuífero en esta vaguada, pues en esta zona se retiene agua y es frecuente que quede embarrada en época de lluvias.

A la izquierda, apoyadas en un desnivel del terreno y tras las que hay un muro, aparecen encinas y otros árboles con un porte pequeño, con su tronco cubierto de musgos y las hojas opuestas y ovaladas. Son las cornicabras, un acompañante habitual del encinar mediterráneo. Su fruto es de color rojo y es parecido al anacardo. Se las distingue por el color rojo que adquiere en otoño, que da un gran cromatismo al monótono encinar. También son características las agallas en forma de cuernos de cabra que posee (de ahí el nombre), que se forman en las hojas y las ramas tras la picadura de insectos.

Seguimos avanzando y a la derecha se abre una pista amplia que baja hacia un puente. Ahora no lo tomamos, sino que seguimos de frente por un camino mucho más estrecho y más frondoso y enmarcado en ambos lados por los muretes de piedra (5) (2 km. 300 m. y 1 hora). A la izquierda aparecen encinas, algún enebro pequeñito y otra planta acompañante de los encinares, el torvisco o matapollos. A la derecha vamos a adentrarnos en un encinar mediterráneo.

Descendemos por el camino, y a mano derecha un derrumbe del cercano nos permite introducirnos en el encinar. No tiene ejemplares de gran porte, pues fue cortado a inicios del siglo pasado. Junto a retamas vamos a encontrar dos especies dominantes, por un lado, la encina, nuestra carrasca, el árbol más emblemático de la Meseta, con unas alturas no muy desarrolladas, en torno a los tres o cuatro metros, lo que denota que es un encinar joven. Entre las encinas, aparecen unos arbolillos, un poco más pequeños, con la corteza gris-rojiza que se desprende en tiras y las hojas puntiagudas, es el enebro de miera (se le reconoce por las dos líneas blancas del haz de la hoja, a diferencia del común que sólo tiene una). De sus frutos, de color azul o marrón se obtiene la ginebra. Su madera es de las mejores que existen, no se pudre, y además, hervida o destilada da lugar al aceite de cada o miera, que sirve para curar enfermedades de la piel de los animales. En este encinar podemos encontrar un buen número de enebros, especie que nos va indicar que estamos en medio de un encinar guadarrámico.

Tras dar una vuelta por este encinar joven, volvemos al camino, lo cruzamos, y al acabar el muro de piedra de la izquierda, unos pocos metros más abajo, nos vamos a encontrar con una gran encina, con parte de su tronco ennegrecido por el fuego, y mucho más vieja que las anteriores, que sirve de ejemplo del porte que debían tener estos árboles antes de su poda para leña y carbón (6) (2 km. 500 m. y 1 hora y 15 minutos). Alrededor suyo observamos como hay restos de maleza superpuestos de manera un poco artificial, y debajo los agujeros de varias conejeras. Son agujeros hechos por el ser humano para facilitar la cría y repoblación de conejos, que son el principal alimento del águila imperial ibérica.

Desde allí retornamos por el camino, observando algunas higueras que quedan de los restos de los cultivos de la zona. Llegamos hasta el cruce de caminos y tomamos hacia la izquierda, hacia el puente. Cruzamos el arroyo Oncalada y llegamos a la depuradora (7) (3 km. y 1 hora 30 minutos). El arroyo baja bastante profundo en este tramo, entre grandes zarzales, algún olmo y saúcos. Giramos a la derecha por un estrecho senderín que asciende con la depuradora a la izquierda y el arroyo a la derecha.

Llegamos a un primer rellano y nos desviamos hacia el arroyo. Nos llama la atención cómo se despeña en varias cascadas y cómo se remansa en pequeñas marmitas de gigante, que son pozas redondeadas y profundas producidas por la erosión de un canto rodado en el lecho rocoso del arroyo. Sería un lugar impresionante si no fuera porque el agua que baja está bastante sucia. Esta zona es conocida como “Los Pilancones” (8) (3 km. 500 metros y 1 h. y 40 minutos).

Nos separamos del arroyo, bordeando un segundo repecho por la parte izquierda según ascendemos. Lo superamos dejando unas encinas a nuestra derecha y llegamos a una amplia llanada. Vemos ya enfrente de nosotros a “El Águila”, con sus cristaleras y su cornisa que le hacen ser semisubterráneo, adaptándose al relieve de la zona. A partir de aquí atravesamos hacia la derecha por el erial y llegaremos al camino del principio, justo un poco antes de donde cruzamos por primera vez el Oncalada.
Tomamos el camino a la izquierda, ascendemos por el olivar y llegamos sin pérdida al centro de educación ambiental (9) (4,5 km. y 2 horas).

Cartografía

1/50.000, hoja 557, San Martín de Valdeiglesias del I.G.N. y Hoja 11 del mapa de la Comunidad de Madrid, de la Dirección General de Urbanismo y Planificación Regional, aunque lo mejor es dejarse indicar por los técnicos de “El Águila”.

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